Motivación y Acción

Cada día y cada año de nuestra vida nos enfrentan al reto de abordar todas las cosas que tenemos que hacer. Obviamente en su contenido serán distintas, pero siempre plantean dos cuestiones a gestionar: las ganas con las que las afrontamos y conseguir llevarlas a cabo.

Ejecutamos muchas tareas de forma automática, apoyándonos en rutinas que funcionan como mecanismos de disparo. Un ejemplo es la rutina de arreglarse y desayunar, que podemos realizar aún medio dormidos. Y el ahorro energético y de neurona que aportan es muy útil, sobre todo si el proceso está optimizado y no requiere mejoras que nos ayuden a ganar tiempo y/o tranquilidad.

Pero… ¿qué ocurre a partir de este momento?, ¿en qué estado salimos al mundo para afrontar nuestros días? Realmente ¿somos personas autodirigidas, conscientes de nuestras actividades, retos e ilusiones o, por el contrario, salimos al mundo en el mismo estado zombi de primera hora y lo mantenemos a lo largo del día?

De pequeños teníamos muy claro que el aburrimiento mata y por eso lo evitábamos. Si algo caracteriza a los niños es su capacidad para emocionarse con lo que tienen delante, y si no les gusta cambian lo que sea para hacer otras cosas que vuelvan a atraer su interés. Y siguen así hasta que los padres, en su cada vez más estresado afán por prepararles para los retos de la vida, empiezan a entrenarles en eso de hacer cosas sin maldita la gana, sin entender el sentido de todo aquello y además a conformarse con ello. Así, sin darnos cuenta, pasamos del estado plenamente consciente y energizado del niño, al estado bastante menos consciente y desmotivado del adulto.

Da igual que solo te encargues de ti mismo, de tu familia, o que además tengas a tu cargo un equipo o una empresa, el reto es el mismo: salir del modo zombi e introducir en la actividad diaria proyectos que ilusionen y lleven a hacer algo por alcanzarlos. Y aquí es donde entran en juego las expectativas.

Si las rutinas eliminan las elecciones sobre nuestros días, las expectativas consiguen lo contrario, que te hagas preguntas que permitan tomar acciones dirigidas a una meta. Vale que el trabajo cotidiano puede ser muy estable, pero siempre hay margen para establecer expectativas positivas, aunque solo sea hacer una situación menos mala. Piensa en ti, en tu familia o tu equipo y en los problemas repetitivos que afrontáis cada día; ¿no tendría valor emprender un plan que permita eliminarlos poco a poco? Obviamente habrá objetivos más o menos ilusionantes: a veces será una meta muy ambiciosa y otras, simplemente alcanzar esa luz que se ve al final del túnel.

Si mi expectativa es de no hay cambio y mis días son idénticos, tienen que gustarme mucho el trabajo, mi vida o la repetición para estar motivado. ¿Le vas a ofrecer a tu equipo más de lo mismo? ¿Y a tu familia? ¿Y a ti? Todos hemos oído alguna vez eso de “renovarse o morir”. Recuerda, el aburrimiento mata vida, proyectos y relaciones. Gestionar proactivamente expectativas resulta vital en el liderazgo sobre uno y sobre otros. La clave está en definir consciente y claramente nuevas metas y actuaciones que nos lleven a hacer algo, por poco que sea, que mejore nuestros trabajos y nuestras vidas.

Con una meta a la que dirigirse, los días y las tareas cobran vida. Piensa en qué expectativas tienes que generar para ti y para otros, que permitan despertar la motivación y orientar la acción. Y ahora… ¿Qué vas a hacer al respecto?

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