En el cielo no hay wifi

Este verano perdí a un buen amigo de forma inesperada, uno de esos que se va dejando huella, un referente para la sociedad por todo aquello que hizo por los demás.

Unas semanas después le preparamos un acto de homenaje. Un acto lleno de humor, amor, ironía, reivindicación y mucha emoción. Sin importar el color político de cada uno de nosotros o si el vínculo era el deporte, la empresa o el activismo social, a los más de 2.000 asistentes nos unía lo mismo: la necesidad y las ganas de expresar nuestro amor y nuestro respeto a nuestro amigo, que resulta que era el único que no podía verlo ni oírlo, porque él ya no estaba aquí.

Qué putada, ¿no? El día en el que se juntan en una misma sala todos aquellos que te han querido, admirado y respetado, incluso algunos de aquellos que sienten antipatía, para expresar lo mejor de ti, ¡resulta que te lo pierdes!

Ese día tuve la oportunidad de dedicarle unas palabras, y a pesar de la emoción, algo mágico sucedió, las palabras fluyeron solas, tomé las pausas necesarias para sonreír y disfrutar del momento, incluso me permití bromear sobre mi amigo y terminar justo a tiempo antes de que la emoción que me provocaba el nudo que tenía en el estómago llegara a mi garganta y me impidiera seguir hablando. Al terminar me di cuenta que no había dicho nada de lo que me había preparado en mi discurso, simplemente salió aquello que tenía necesidad de expresar, y creo que eso sucedió porque ya lo había expresado antes a alguien...

¡A mi amigo!

A mí no me da vergüenza expresar mis sentimientos en público. Me encanta abrazar y decirle a quien corresponda que le he añorado, que me apetecía verle o darle un beso, como hacen los actores entre ellos, si la confianza me lo permite. A menudo nos cuesta expresar lo que sentimos a los que nos rodean, a alguien a quien admiramos o simplemente respetamos. No podemos dejar pasar la oportunidad de hacer que los demás se sientan queridos, amados, respetados o valorados, y de paso de sentirnos muy bien por ello. Porque a menudo el día que te decides a hacerlo solo tienes la opción de hacerlo en forma de publicación en Facebook a título póstumo, y hasta que no se demuestre lo contrario, por mucho que te dirijas al difunto, ¡él no lo puede leer!

En ésta época del año afloran en cada uno de nosotros sentimientos de ternura, cobijo y afecto que nos hacen más receptivos a las personas de nuestro alrededor. Durante apenas veinte días al año, surgen los mejores deseos para todos, sonreímos, somos más tolerantes, contagiamos emociones positivas, etc. Todo un sinfín de sensaciones que generan un clima de armonía y tolerancia con calado en todas las esferas, incluso en la empresa, donde se mejoran las relaciones. Os invito a experimentar la increíble sensación de decirle a un buen amigo o amiga que le quieres, agradecerle el apoyo a tu compañero de trabajo, verbalizar tu admiración hacia alguien a quien no conoces o cualquier otro sentimiento bonito que no te atrevas a exteriorizar por pudor, en serio ¡pruébalo! No tengas ninguna duda de que yo te lo diré cuando tenga la necesidad, no te esperes a mañana porque... en el cielo no hay wifi, aunque en el infierno seguro que sí...

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