El limbo de los dioses

Podemos encontrar diferentes definiciones sobre las palabras liderazgo y poder. Aunque ambas comparten el concepto influencia, hay matices que marcan la diferencia. Se puede tener poder y no tener ningún tipo de liderazgo, o bien pueden coincidir en una misma persona los dos conceptos. Una de las muchas definiciones de poder dice que es la capacidad de influir en la conducta de un individuo o grupo, haciendo que haga algo que de otra forma no haría. En este aspecto es donde podemos encontrar una similitud con el concepto liderazgo, pero a diferencia de este último, el poder es eventual, hoy se puede tener poder y mañana no. También es relativo y limitado. El poder evoluciona, no es estático ni para siempre, tiene también cierto grado de riesgo, como decía Abraham Lincoln: “Si deseas probar el carácter de un hombre dale poder.”

El liderazgo es algo diferente, hay autores que defienden que es innato y otros que en cambio abogan por decir que se puede adquirir entrenando habilidades, lo que sí está claro es que se puede desprender y ejercer liderazgo sin estar en una situación de poder. Seguimos a líderes por su carisma, por sus rasgos, conductas, actitudes, por su conocimiento, por ser referentes, porque nos dan seguridad...

Si nos centramos en el concepto poder, los psicólogos sociales French y Raven (1959) describen un total de cinco tipos: el poder legítimo, aquel que de alguna manera otorga la posición en un organigrama; el poder coercitivo, consigue influencia partiendo de amenazas, sanciones y formas de hacer que generan miedo. También existe el poder de recompensa, muy parecido al anterior, pero en este caso basado en premios y gratificaciones. Otro tipo es el poder referente, ejercido por una persona que es todo un ejemplo dentro de la organización.

Finalmente, el poder del experto, capacidad de influencia dada por tener amplios conocimientos que son muy apreciados y valorados por la organización. Liderazgo y poder tienen en común que es el grupo quien lo otorga, pero mientras que en el caso del liderazgo el grupo reconoce y sigue al líder, en el poder, el grupo en función de cómo este es ejercido lo que hace es obedecer. Revoloteando alrededor de la persona poderosa encontraremos diferentes tipologías de individuos: personas leales y comprometidas en quien depositar toda la confianza. Son aquellos individuos que con su acercamiento ejercen de puente haciendo llegar necesidades y expectativas en ambas direcciones por el bien común. Encontraremos también otros individuos que se acercan solo para ejercer algún tipo de manipulación ocasionando interferencias y buscando el propio beneficio. Observamos también almas oportunistas, estas últimas curiosamente son las que más tiempo y atención reclaman, se detectan fácilmente por una tendencia a alabar y adular buscando constante reconocimiento, y un comportamiento servil que esconde un deseo de poder encubierto. Interesante también reflexionar sobre la soledad de la persona con poder, a quien se le dejan las últimas decisiones y que ve como su círculo social dentro de la organización es cada vez más reducido, ya no se pertenece al gran grupo, se entra a formar parte de una especie de limbo de dioses a ratos estimulante y a ratos inhóspito, una situación para la que hay que estar preparado mentalmente. Y es que el poder y todo lo que le rodea también nos deja ver las miserias humanas: “Ríe y el mundo entero reirá contigo, llora y el mundo, dándote la espalda, te dejará llorar”, Charles Chaplin.

 

Podemos encontrar diferentes definiciones sobre las palabras liderazgo y poder. Aunque ambas comparten el concepto influencia, hay matices que marcan la diferencia. Se puede tener poder y no tener ningún tipo de liderazgo, o bien pueden coincidir en una misma persona los dos conceptos. Una de las muchas definiciones de poder dice que es la capacidad de influir en la conducta de un individuo o grupo, haciendo que haga algo que de otra forma no haría. En este aspecto es donde podemos encontrar una similitud con el concepto liderazgo, pero a diferencia de este último, el poder es eventual, hoy se puede tener poder y mañana no. También es relativo y limitado. El poder evoluciona, no es estático ni para siempre, tiene también cierto grado de riesgo, como decía Abraham Lincoln: “Si deseas probar el carácter de un hombre dale poder.” El liderazgo es algo diferente, hay autores que defienden que es innato y otros que en cambio abogan por decir que se puede adquirir entrenando habilidades, lo que sí está claro es que se puede desprender y ejercer liderazgo sin estar en una situación de poder. Seguimos a líderes por su carisma, por sus rasgos, conductas, actitudes, por su conocimiento, por ser referentes, porque nos dan seguridad... Si nos centramos en el concepto poder, los psicólogos sociales French y Raven (1959) describen un total de cinco tipos: el poder legítimo, aquel que de alguna manera otorga la posición en un organigrama; el poder coercitivo, consigue influencia partiendo de amenazas, sanciones y formas de hacer que generan miedo. También existe el poder de recompensa, muy parecido al anterior, pero en este caso basado en premios y gratificaciones. Otro tipo es el poder referente, ejercido por una persona que es todo un ejemplo dentro de la organización. Finalmente, el poder del experto, capacidad de influencia dada por tener amplios conocimientos que son muy apreciados y valorados por la organización. Liderazgo y poder tienen en común que es el grupo quien lo otorga, pero mientras que en el caso del liderazgo el grupo reconoce y sigue al líder, en el poder, el grupo en función de cómo este es ejercido lo que hace es obedecer. Revoloteando alrededor de la persona poderosa encontraremos diferentes tipologías de individuos: personas leales y comprometidas en quien depositar toda la confianza. Son aquellos individuos que con su acercamiento ejercen de puente haciendo llegar necesidades y expectativas en ambas direcciones por el bien común. Encontraremos también otros individuos que se acercan solo para ejercer algún tipo de manipulación ocasionando interferencias y buscando el propio beneficio. Observamos también almas oportunistas, estas últimas curiosamente son las que más tiempo y atención reclaman, se detectan fácilmente por una tendencia a alabar y adular buscando constante reconocimiento, y un comportamiento servil que esconde un deseo de poder encubierto. Interesante también reflexionar sobre la soledad de la persona con poder, a quien se le dejan las últimas decisiones y que ve como su círculo social dentro de la organización es cada vez más reducido, ya no se pertenece al gran grupo, se entra a formar parte de una especie de limbo de dioses a ratos estimulante y a ratos inhóspito, una situación para la que hay que estar preparado mentalmente. Y es que el poder y todo lo que le rodea también nos deja ver las miserias humanas: “Ríe y el mundo entero reirá contigo, llora y el mundo, dándote la espalda, te dejará llorar”, Charles Chaplin.

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